Golpe de Estado en Bolivia

El golpismo evolucionó. Evolucionemos si queremos verlo.

Evo Morales saliendo después de anunciar su renuncia a la presidencia de Bolivia. / AP

Finalmente, Evo Morales aceptó la “sugerencia” a punta de bayoneta de las Fuerzas Armadas y renunció a la presidencia, cargo que en realidad se extendía hasta enero del 2020. Fueron casi 14 años de Morales en el poder, el presidente con récord de permanencia en su cargo, algo no menor en el país con mayor cantidad de golpes de estado( doce en total) de la región. De hecho, Evo Morales venía de superar un golpe de estado fallido en septiembre de 2008.

Morales llegaba a disputar un cuarto mandato luego de impulsar una reforma constitucional en el 2008 que le permitió ser reelecto. Luego en el 2016 también impulsó un referendum para poder habilitarse para las elecciones de este año: por estrecho margen perdió. Pero un inusual fallo del Tribunal Electoral lo habilitó para candidatearse en estas elecciones, salteando de esta manera el resultado del referendum. La fulminante auditoría sobre el escrutinio de la OEA que relata “graves irregularidades”, terminó por envalentonar a una oposición que con el apoyo de las fuerzas policiales y de las Fuerzas Armadas concretó el golpe que terminó con la renuncia de Morales. Sin dudas, Evo Morales ha contribuido en su afán de eternizarse en el poder a potenciar las condiciones para una interrupción institucional. Aun así así, resulta preocupante ver como la región, especialmente nuestro país, muestra una postura tan errática y difusa sobre un caso tan claro de golpe de estado. Cancillería se limitó a emitir un gelatinoso comunicado donde llama a “todos los actores” a “preservar la paz social y el diálogo” en Bolivia, sin mencionar el golpe de estado desarrollo.

El neo golpismo: un fenomeno camuflado y en aumento

Aunque a alguno pudiera sorprenderle, entre el 2001 y el 2017 se han registrado un total de 7 fenómenos de golpes de estado en la región. Solo 4 han resultado exitosos (Haití, Honduras, Paraguay y Brasil). Pero los golpes han mutado a nuevas formas, más acordes a los tiempos que corren. Mientras que los golpes de estado de siglo XX eran eminentemente militares, la forma militar predominante durante el siglo veinte ha ido a la baja,con un desplazamiento hacia la participación y acción de la sociedad civil, a través de la construcción de escenarios adecuados para la materialización del golpe y su posterior legitimación.

Un comentario aparte corresponde a los golpes parlamentarios, como el sucedido en Paraguay y Brasil. Una de las preocupaciones centrales en los nuevos golpes ha sido mantener al máximo la fachada democrática y para ello se ha judicializado la política a través del golpismo parlamentario. A contrapelo de lo sucedido en el siglo veinte se ha legalizado el golpe de estado a través de la participación de instituciones judiciales o parlamentarias, y para ello ha resultado fundamental la presencia de gobiernos divididos o la existencia de mayorías parlamentarias endebles. Pareciera que los mecanismos golpistas lejos de extinguirse como algunos cándidos opinadores sostienen, simplemente se han institucionalizado.

Volviendo al repaso de los golpes de estado en nuestra región, tenemos que, considerando tanto exitosos como fracasados, 4 han sido del tipo militar/policial (Venezuela 2002, Haití 2004, Honduras 2009, Ecuador 2010), 2 han sido golpes parlamentarios (Paraguay 2012 y Brasil 2012) y 1 ha sido golpe civil-oficial (Bolivia 2008)

En tres casos existe evidencia de la intervención de los EE.UU: en el caso de Haití en 2004 el secuestro y deportación del presidente fue a manos del ejército norteamericano. En el caso de Honduras de 2009 también los EE.UU. tuvo injerencia. Justamente, en el golpe de Bolivia en 2008, desde el gobierno de Morales sostienen que el ex embajador, Philip Goldberg, mantuvo reuniones con el prefecto de Santa Cruz y con uno de los líderes opositores, Rubén Costas.

El doble estandar del republicanismo: denunciar al adversario político, apañar al aliado

En una región donde la democracia es una institución política que dista de haber penetrado completamente a todos los estratos de la sociedad, necesita cuidados y controles especiales. Uno de ellos es la coincidencia en la protección y repudio a cualquier acto que de forma blanda o dura implique la interrupción del proceso político en contra de la voluntad popular expresada en el sufragio. El signo político no debería validar un doble estandar que critica con virulencia gobiernos con serias falencias democráticas como el de Nicolás Maduro mientras mira para el otro lado cuando un general del Ejército le pide la renuncia a un presidente. Misma situación con Chile, donde cada espacio político hace una lectura sesgada de la situación interpretándola a su beneficio.

Los países de la región no son cámaras estancas. Lo que sucede en Argentina o en Chile tiene reverberancia en el resto de los países de la región. Avalar los golpes de estado, sea cual fuera su forma, preséntandose de forma dura, blanda o semi-dura debería suscitar el rechazo y la consecuencia política correspondiente de los miembros del todo el bloque regional. La tibia respuesta argentina al golpe de estado en Bolivia o en su momento al ocurrido en Brasil en contraposición al fuerte posicionamiento del presidente Mauricio Macri frente al gobierno de Nicolás Maduro (por citar alguno) es muestra de la doble vara que los gobiernos, adictos a la coyuntura partidaria utilizan sin darse cuenta del enorme daño que hacen a la salud democrática de la región. Avalar por acción u omisión estos actos, si bien a corto plazo podrán reportar algún crédito político, a la largo plazo continuará horadando las bases de la estructura misma de la institucionalidad en la región.

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