Análisis

Estado Islámico: Un Frankenstein con varios padres

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Los recientes atentados en Paris y Bruselas, así como también las conquistas territoriales logradas por el Estado Islámico o ISIS en Irak y Siria han puesto a esta organización (y al terrorismo en general) en el centro del debate.

Si bien la violencia y la espectacularidad de las acciones del ISIS aseguran un tratamiento constante en los medios de comunicación, se requiere profundizar en las condiciones que permitieron la aparición y la consolidación de este fenómeno para poder comprender las causas de su acelerada  expansión.

La implosión de los estados de Siria e Iraq

Dos factores contribuyeron fuertemente para la emergencia y consolidación territorial del ISIS: Por un lado, la crisis política y social desencadenada en el fallido estado iraquí a partir de las tensiones entre chitas y sunitas. El estado de virtual guerra civil entre estas facciones posibilitó el caldo del cultivo para que la minoría sunita viera en el Estado Islámico (también sunita) un garante para sus reivindicaciones. ISIS obtuvo de esta manera apoyo para conquistar vastos territorios en Iraq, entre ellos la estratégica ciudad de Mosul.

Por otro lado, la guerra civil que desangra Siria desde el 2011. El ISIS aprovechó la coyuntura de un conflicto donde una multitud de fuerzas y alianzas se enfrentan, apoderándose de áreas clave como los yacimientos petrolíferos al norte de Palmira. Las exportaciones de crudo vía frontera turca, (estimadas en 2.7 millones de euros diarios[i]) permitieron al ISIS montar en los territorios conquistados una rudimentaria red de servicios básicos que traccionó apoyos en su población.

El papel de las Monarquías del Golfo

Si bien actualmente ISIS obtiene su financiamiento mayoritariamente de la venta de petróleo y el tráfico de inmigrantes, inicialmente contaron con el apoyo económico de países como Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes. Estos, enfrentados con Irán, creyeron que podrían hacer del Estado Islámico un ariete para desestabilizar al régimen de Al Basr, principal aliado de los persas[ii]. Adicionalmente, corresponde recordar los vínculos ideológicos entre Arabia Saudita e ISIS. La monarquía saudí, es hoy en día el principal impulsor del wahabismo, una doctrina ultra conservadora y anti occidental dentro del islam sobre la que se fundamenta ideológicamente el ISIS. La proliferación de esta doctrina presente en la estrategia comunicacional del grupo terrorista, sumada a condiciones sociales desfavorables[iii] puede ser clave para comprender porque miles de jóvenes europeos se suman a las filas del Ejército Islámico cada año.

Un futuro incierto

El ISIS lejos de ser un mero accidente causado por una guerra intestina de Medio Oriente, es resultado de un proceso histórico complejo con implicaciones políticas, económicas sociales y hasta psicológicas. Un fenómeno que creció al calor de las disputas entre intereses mundiales y regionales por los recursos de un área estratégica del mundo. Un proceso, que hasta hora dista mucho de verse finalizado.

[i] http://www.larazon.es/internacional/la-venta-de-petroleo-el-gran-negocio-del-ei-EC10305724#.Ttt1CGKXoMIVPVn

 

[ii] http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Origenes-fondos-terroristas_0_1471652830.html

 

[iii] http://www.elpais.com.co/elpais/internacional/noticias/exclusion-musulmanes-francia-pasto-abonado-para-terrorismo

Un pensamiento en “Estado Islámico: Un Frankenstein con varios padres

  1. Isis no es nuevo, ni su discurso ni su utilización por parte de alguna potencia occidental que ven el beneficio de su existencia.

    Fragmento de “The atheist muslim”. de Ali A. Rizvi.

    Si tuvieras que adivinar, ¿de dónde dirías que es esta cita?
    “El Embajador nos respondió que estaba fundado en las Leyes del Profeta, que estaba escrito en el Corán, que todas las naciones que no han reconocido su autoridad eran pecadoras, que era su derecho y su deber hacerles la guerra dondequiera que se encuentren, y que podían ser esclavizados a todos lo que podían tomar como prisioneros, y que todos los musulmanes que sean muertos en la batalla seguramente irían al Paraíso”.
    Estas palabras podrían leerse como si estuvieran refiriéndose a una declaración del Estado Islámico (ISIS) o un extracto de un reciente manifiesto de Al Qaeda. Incluso pueden sonar como parte de una fatwa de un clérigo iraní.
    Pero es ninguna de las opciones.
    En realidad son las palabras de Thomas Jefferson, cuando era embajador de Estados Unidos en Francia. El pasaje es de su informe al entonces Secretario de Relaciones Exteriores John Jay, acerca de una reunión que él y John Adams tuvieron con el enviado de Trípoli a Londres, Sidi Haji Abdul Rahman Adja, en 1786 – hace mucho más de dos siglos.
    Evidentemente, esto es antes de la creación de Israel o del conflicto árabe-israelí. Es antes el ayatolá Jomeini y la revolución iraní; Antes de Saudi Arabia; Antes de los Talibanes; Antes de los ataques con aviones no tripulados; Antes de la guerra fría y las guerras mundiales; Antes de que Herzl fundara el movimiento sionista; Antes de que los estadounidenses supieran lo que era la yihad o incluso el islam; Antes de que los Estados Unidos hubieran participado en alguna operación militar en el extranjero; Y – sobretodo – mucho antes de la existencia de cualquier política exterior estadounidense establecida.
    Sin embargo, estas palabras – sobre las leyes del Corán, tomando esclavos, librando la guerra santa y el martirio – puede ser leídas como si pudieran haber sido arrancadas de cualquier periódico internacional en la última semana. ¿Cómo es este pasaje, de más de doscientos años, todavía suena con tal relevancia hoy?
    Un buen lugar para comenzar sería 1784, aproximadamente dos años antes de la carta de Jefferson. La guerra revolucionaria acaba de terminar, y Gran Bretaña acaba de firmar el Tratado de París con un recién fundado Estados Unidos, reconociendo la independencia y las fronteras de la nueva nación. Esto, por supuesto, vino con un coste. Los barcos estadounidenses que se aventuraban en el Mediterráneo habían disfrutado hasta el momento de la protección de la marina británica, pero esta guerra ya no era más. Necesitaban protección de los piratas (corsarios) de los Estados Bárbaros del norte del Imperio Otomano (que corresponden a Marruecos, Argelia, Túnez y Libia hoy), que rutinariamente incursionaban en buques comerciales que entraban en el estrecho de Gibraltar y vendían a sus tripulantes como esclavos o los mantuvieron para rescates. Según algunas estimaciones, hasta 1.2 millones de personas de Europa y América habían sido esclavizadas en el norte de África entre 1530 y 1780. (Esta es una décima parte del número de esclavos tomados de África en aproximadamente el mismo período de tiempo).
    Gran Bretaña y Francia, la mayor potencia de Europa, pudieron proteger sus buques, sobornando al Estado Bárbaro con pagos de tributo o anualidades, un arreglo que funcionó muy bien para mantener felices a las dos partes. El Estado Bárbaro recibía un montón de dinero cada año, y la capacidad de los franceses y británicos para hacer fácilmente estos pagos les otorgaba un aumento del comercio mediterráneo con respecto a aquellos que no podían pagarlos.
    Una vez que los Estados Unidos declararon su independencia, los británicos estaban muy contentos de informar a las potencias bárbaras que los barcos estadounidenses eran ahora un juego limpio. Y no pasó mucho tiempo antes de que el gobernante de Argel, Dey Muhammad, capturara varios buques estadounidenses en 1785, dejando a Estados Unidos, sin la Marina e infantería, incapaz de pagar el tributo requerido.
    América estaba sufriendo pérdidas que no podía permitirse. Esta es la situación importuna que logró reunir a Jefferson y Adams en una habitación con Sidi Haji Abdul Rahman Adja. Querían saber por qué Trípoli estaba haciendo esto. “Se tomaron la libertad para hacer algunas consultas sobre el motivo de sus pretensiones de hacer la guerra a las naciones que no les había hecho ningún daño”, informaron. Y la respuesta de Adja ilustró con claridad, precisamente, cuál era ese motivo.

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